Mi Hijo tiene Esquizofrenia

Si hay algo que se llegue a querer muy por encima de uno mismo, son los hijos. Crear y dar forma a algo que sale de ti te cambia, sin duda, la percepción de la vida. De repente el ombligo del mundo ya no eres tu; hay alguien que te tiene atrapado en un amor incondicional que no depende de lo que necesites ni de lo que recibas, sale sin límites y de forma natural. Y es la misma naturaleza de este sentimiento la que hace desear siempre todo lo mejor para un hijo. Pero en muchas ocasiones las expectativas o ideales que los padres proyectan son tan altas e inamovibles que cuando, por algún hecho, tienen que contrastarlas con una realidad diferente y peor de lo ellos esperaban,  el choque es tan fuerte, que llega a producir un bloqueo rígido, que afecta a la dinámica de toda una familia.

Cuando tras varias visitas y pruebas médicas, el mensaje final es: tu hijo o hija tiene una enfermedad mental que se llama esquizofrenia, sin duda se produce una situación de este tipo, y lo primero que te preguntas es: ¿por qué? Y hasta que esa respuesta coge color y forma, y se acepta el diagnóstico, se pasa por una fase que llamamos: duelo. Sirve para asimilar lo ocurrido y nos prepara para el cambio. Por ello, en un primer momento la forma de afrontarlo va a ser: negando lo ocurrido. Después aparecerán sentimientos de rabia y frustración, por no entender el porqué  de algo así.  Tras estas dos fases puede aparecer un sentimiento de culpa, por creer que, en mayor o menor medida, podías haberle evitado la enfermedad. Por último, aparece la tristeza, una vez que has asimilado este pensamiento irracional y llegas al acuerdo de que aún siendo la mejor madre o el mejor padre, esto no estaba en tus manos.

Recorrer cada uno de los pasos de este camino te llevará un tiempo. No tengas prisa, solo aceptando y entendiendo la enfermedad como algo natural se puede producir el cambio hacia la nueva situación. Sucedería algo parecido al hecho de tener que convivir con una nueva persona en la familia, la cual tiene una nacional diferente.  Tendríamos que conocer su idioma para entenderla y además su cultura, para saber como debemos comportarnos con ella. Con la enfermedad ocurre lo mismo. Empecemos por saber cómo se comunica:

 

Mi hijo tiene Esquizofrenia: ¿qué significa?

Se trata de una enfermedad cerebral, causada por un mal funcionamiento de los circuitos cerebrales que provoca un desequilibrio entre los neurotrasmisores. Las funciones afectadas tendrán que ver con el pensamiento, las emociones y la conducta. Los síntomas más importante se pueden clasificar en: positivos (alucinaciones y delirios) negativos (falta de respuestas emocionales o inadaptación de las mismas en contextos sociales, cambios en su personalidad, etc.) y cognitivos (mayor dificultad para pensar de forma lógica y diferenciar experiencias reales de las que no lo son).

¿La parte positiva? Recibir un diagnóstico de esquizofrenia en la adolescencia tiene una gran ventaja: hay mayores posibilidades de  mantener controlada la enfermedad y de evitar un deterioro notable en las fases iniciales. Además, la medicación antipsicótica es altamente eficaz tanto en el tratamiento de los síntomas, como en relentizar el progreso de la enfermedad.

Es importante estar bien informados, y ver cuales de estos síntomas presenta vuestro hijo. De esta manera podréis diferenciar aquello que debéis tratar dentro de la parte enferma y lo que puede ser derivado del nuevo contexto.  Para ello, no dudéis en crear una alianza desde el primer momento con el equipo de profesionales que lleve vuestro caso. Sin ninguna duda, el trabajo en equipo será la mejor opción.

 

¿Qué pueden hacer los padres desde la familia?

La estabilidad en la estructura y el metabolismo habitual de la familia se ve quebrantado con una situación como esta. A modo de engranaje, sería como si una pieza dejara de moverse en una dirección y tomara otra bien distinta. Este cambio a su vez va a modificar todo el recorrido del resto de miembros, así como el resultado final del sistema formado por toda la familia. Pero llegados a este punto, ¿quién debe adaptarse a la nueva situación? Sin duda, son los padres, los que deben propiciar el cambio. A continuación vamos a proponer algunas líneas de actuación que os ayudarán a conocer las principales claves para manejar la situación:

  1. Normaliza: que tenga una enfermedad no implica que el trato deba ser diferente; es decir, no debemos dar una mayor atención de la que dábamos antes.
  2. Mantén una actitud positiva ante sus síntomas: nunca se debe intentar cambiar o criticar los nuevos comportamientos, pues a parte de no conseguir cambiarlos,  aumentará el estrés ambiental y esto afectará de forma negativa en su sintomatología.
  3. Propicia su autonomía en la medida de lo posible: es normal que al ver que ciertas cosas que podía hacer, y ahora no hace, caigáis en la tentativa de “protegerle” haciéndolo en su lugar. Por ejemplo, si notas que no hace la cama, intenta hacerle ver lo importante de sí hacerla, sin criticarlo. Incluso déjala varios días deshecha para que la haga el o ella. Después será importante reforzarle con algún alago y afecto.
  4. Entrénate en habilidades de comunicación: utiliza una forma de expresión simple y breve, sin distractores (tv, ruidos, etc.). Repite o pregunta de nuevo para asegurar que lo ha entendido. Mírale a los ojos y utiliza un tono afectivo y nunca impositor, con gestos que corroboren dicha actitud.
  5. Si aparecen alucinaciones: intentar llevarle a la realidad de nuevo mostrando información que le ayude a darse cuenta. Si esto no fuera posible, lo mejor es cambiar el foco de atención y reconocer y aceptar el sentimiento que presente.

 

Cuidado

todas estas pautas deben estar enmarcadas dentro del contexto evolutivo que marca su edad. La pubertad, implica un desorden emocional que va a dificultar temporalmente el abordaje de los síntomas, pero también ofrece la oportunidad de influir de forma más directa sobre tu hijo o hija, ya que su personalidad se está aún conformando. Para ello, ten en cuenta que a la hora de comunicarte es importante, además, hacerle sentir que “puede” decidir y tiene responsabilidad y poder sobre su vida, aunque esto lleve implícito unos límites bien definidos por vuestra parte de hasta dónde se puede llegar. Para ello plantea las peticiones a modo de elecciones y no como imposiciones. Por otro lado, cuanto más partícipe seas de su vida más te tendrá en cuenta en sus decisiones. Por ello, participa en sus actividades favoritas, y conoce a su red principal de apoyo.

Para terminar, ten siempre claro que ser buen padre o buena madre no lleva consigo un manual sobre qué hacer y cómo comportarse ante situaciones que nos sobrepasan. Se trata más bien de saber encauzar las necesidades que se van presentando de la mejor manera en cada situación determinada.

Como explica muy bien, en el maravilloso relato  “La belleza de Holanda” la escritora Emily Pearl, si esperamos hacer un viaje y llegar a un lugar deseado, y por razones que no dependen de nosotros tenemos que parar en otro lugar bien distinto, tenemos dos opciones: pasar el resto de nuestra vida pensando en cómo convertir ese lugar en el que deseábamos, o descubrir las riquezas del nuevo lugar y aprender a disfrutarlas.

 

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